domingo, marzo 09, 2008

Sin Chupón Para los Débiles

Ansias de sangre y destrucción de lo que nos queda como humanos.
Eso es lo que provoca al salir de ver No country for old men. La cosa es sangrienta, inhumana, despiadada, profundamente reflexiva y sobre todo desesperanzadora. Hace tiempo jugábamos con una frase "a quien hay que matar" al referirnos a los pasos conducentes a la obtención de algún contrato o resultado deseado, pero nunca lo había visto en la perspectiva de un fabuloso Bardem asesinando a diestra y siniestra por un código de honor muy propio y para nada claro, con un falso objetivo tras otro ocultando su propia orgásmica ansiedad asesina.
Más allá del hecho de que la película no me gustó, ya sea por esa estética tan documentalista, aplanada e hiperrealista que ha infectado la visión de los directores americanos postmodernistas, o por la absoluta falta de una adecuada banda sonora, más allá de que el ritmo tenga desvaríos o los movimientos de cámara interesantes no existan, los personajes resultan cercanos y extrañamente humanos dentro de tanta deshumanización. 
El mensaje final de la película no puede ser más claro, cuando se decide ser malo, más vale serlo por completo y desprenderse de todo rasgo de humanidad so pena de terminar peor que violador en cárcel venezolana. Esta imagen deshumanizada se mezcla con lo que presencio hoy en la parada del metrobús (mi sitio habitual de inspiración), una madre con un hijo preadolescente y otro de no más de año y medio mira cansada y distraída el lugar por donde debería venir el susodicho y retrasado metrobús. El mayor abusa del menor en las formas habituales y en una de esas el chupón rueda por la acera. El bebé está a punto de llorar; arruga la cara, los ojos se cierran y anegan, la mano inexperta del mayor agarra el chupón y sin siquiera sacudirlo se lo mete en la boca.
Un chupón que rodó por la acera. 
La alarma y el dolor me estrujan el corazón, pero no hago nada. En otras oportunidades lo he hecho, como cuando aquella niña en el vagón del subterráneo casi se mete un chicle pegado bajo el asiento a la boca. Pero hoy solo observé. Quizás el rostro deshumanizado y autómata de la madre indulgente y cansada no daba para un regaño, quizás temía la peor reacción de un animal exhausto y acorralado por su denigrante realidad: un grito, una agresión hacia los niños y hacia mí por metiche y entrometido. 
El daño ya estaba hecho. Si se va a morir por alguna bacteria ya estaba en su organismo y dudo que su madre haga algo por él o se dé cuenta a tiempo de que algo malo pasa en su bebé. Tanta deshumanización solo me lleva a pensar y concluir dudando: ¿A medida que nos deshumanizamos nos volvemos más autómatas o más animales? Bardem parece un terminator, sin dolor, pena o emoción, la indiferencia de la madre la hace parecerse a una máquina en reposo programada para responder solo ante la llegada del metrobús. Pero igual los débiles mueren, aquellos con rasgos de humanidad, caridad o inocencia infantil, están destinados a desaparecer, en un puro y simple proceso de selección natural, muy animal por cierto. Y me doy cuenta q ni los buenos días me han dado. Que no he visto ni a quienes me rodean. Que no ayudé al niño, que tome café, fui al baño, me duché, escarbé por un par de medias, salí y caminé, observé y aquí voy camino al instituto a decir sin pelos en la lengua y liberado de cualquier emoción "a quién hay que matar hoy".

1 comentario:

gustavo dijo...

Ciertamente, el personaje de bardem da mucha tela que cortar y brinda oportunidades para un gran análisis. Creo que el punto que nso muestra los límites de su deshumanización es la escena casi al final cuando mata a la esposa del portagonista, porque simplemente pormetió hacerlo.

¿Cuántas personas no hay así en realidad? no necesariamente asesinos en serie, pero hay seres despiadados que matan sueños, esperanzas, ganas de sonreir. ¿cuántos seres desalmados no hay por allí en busca de destruir emocionalmente a los demás?

profundo tu post, definitivamente este es un buen lugar para venir y reflexionar.